Detrás de cada taller de lectura, de cada asamblea abierta y de cada jornada en el merendero hay estudiantes secundarios, universitarios y jóvenes trabajadores que le dedican horas después del colegio, la facultad o el turno laboral. Esta página reúne a quienes coordinan los frentes de trabajo territorial, sostienen la biblioteca popular y acompañan el apoyo escolar en los barrios donde estamos presentes. No son cargos jerárquicos ni vitrinas: son responsabilidades rotativas que se asumen por un tiempo y se dejan cuando alguien más puede tomarlas. Si querés saber con quién hablar según el proyecto que te interese, acá vas a encontrar el punto de contacto correcto.
Lo que sostiene el trabajo cotidiano del movimiento: formación, territorio y organización abierta.
Nos juntamos cada quince días en un local vecinal a leer y discutir textos que no aparecen en el programa escolar: Mariátegui, testimonios obreros paraguayos, crónicas del movimiento campesino. Se lee antes de la sesión y se llega con preguntas anotadas. No hay exposiciones largas ni conclusiones impuestas; el objetivo es que cada quien pueda sostener una idea con argumentos y escuchar la del otro sin convertir el espacio en un club cerrado.
Cuatro sesiones por ciclo, cada una con un documento base y una pregunta incómoda: qué hacemos con los relatos heroicos, cómo se lee la dependencia económica, qué lugar tuvo el movimiento campesino en las transiciones. Participan estudiantes de historia, derecho y trabajo social junto a militantes barriales. Las notas y la bibliografía quedan por escrito, incluso los desacuerdos que no logramos cerrar.
El merendero funciona con turnos rotativos que aprendimos a organizar después de un año de prueba y error. La biblioteca popular creció cuando dejamos de pedir donaciones y empezamos a catalogar lo que ya teníamos. Sostenemos ambos frentes con vecinos del barrio, no solo con jóvenes del movimiento, porque el trabajo territorial se cae cuando depende de una sola generación.
El apoyo escolar funciona mejor con dos días fijos y no con disponibilidad abierta: los chicos necesitan rutina. Las jornadas de salud las armamos junto a estudiantes de medicina y enfermería que se suman por convocatoria abierta. Antes de cada jornada hacemos una reunión de barrio para definir qué se necesita realmente, en lugar de llegar con un plan armado desde afuera.
La asamblea mensual es el espacio donde se decide la agenda del movimiento: qué campaña se sostiene, qué proyecto se abre y qué se cierra si no hay gente para llevarlo. Cualquier persona que haya participado en al menos una actividad puede tomar la palabra. El voluntariado no exige carnet ni cuota; exige constancia y avisar cuando no se puede ir, algo que suena obvio pero es lo que más cuesta.
Organizamos colectas, ferias de trueque y visitas a familias del barrio cuando hay emergencias concretas: inundaciones, desalojos, falta de medicamentos. No hacemos asistencialismo suelto; cada campaña se coordina con referentes vecinales que conocen la zona mejor que nosotros. Si querés sumarte a una, escribinos y te contamos qué se está necesitando esta semana.
Estas capacidades no son servicios que ofrecemos desde afuera: son frentes de trabajo que abrimos con vecinos y sostenemos entre todos. Si te interesa empezar por la lectura o directamente por el territorio, hay lugar para las dos cosas. Podés ver cómo arrancamos en primeros pasos o escribirnos por contacto para coordinar una visita.
Quiénes sostienen el trabajo
En Asunción no faltan espacios donde hablar de política. Lo difícil es encontrar uno donde la discusión se traduzca en tareas concretas y donde nadie quede mirando desde afuera. Estas son las razones por las que estudiantes secundarios, universitarios y jóvenes trabajadores se quedan en el MSJ después de la primera asamblea.
Los talleres de lectura crítica y los ciclos de historia social latinoamericana no terminan en la consigna. Cada sesión deja un texto leído, una pregunta anotada y una discusión que después sirve para argumentar en una asamblea barrial o frente a un vecino que no piensa igual. Se aprende a sostener una idea sin gritar.
Merenderos, bibliotecas populares, apoyo escolar y jornadas de salud necesitan manos todos los meses, no solo en las campañas. Quien entra encuentra un frente de trabajo con horarios claros y responsables definidos, en lugar de una lista de buenas intenciones. El compromiso se mide en turnos cumplidos.
En el mismo grupo conviven estudiantes de secundaria de barrios periféricos, universitarios de la UNA y jóvenes que ya trabajan. Esa mezcla obliga a explicar las cosas dos veces y a escuchar antes de responder. Muchos llegan buscando un espacio de debate y se quedan por la gente que conocen.
Coordinar una asamblea, llevar la logística de una jornada solidaria o catalogar los libros de una biblioteca popular enseña más que cualquier manual. Son tareas que se pueden mostrar después en un currículum, en una cooperativa o en otra organización. La práctica queda, aunque el grupo cambie.
Las asambleas son abiertas y las decisiones se toman en conjunto. Nadie tiene que compartir cada posición para participar: se pide escuchar, argumentar y aceptar que a veces se pierde una votación. Ese cuidado es lo que evita que el espacio se vuelva un grupo de amigos que repite lo mismo.
Los textos que usamos en los talleres quedan disponibles para quien quiera retomarlos, junto con las notas de cada ciclo de debate. No hace falta comprar libros ni tener formación previa: alcanza con leer antes de la sesión y traer las dudas. La bibliografía se arma entre todos.
Si querés ver cómo se organiza una jornada antes de sumarte, podés leer la crónica de nuestro taller de lectura crítica o escribirnos desde la página de contacto para coordinar una visita.